Hace unos días una persona se dio de baja de una membresía de pago por motivos económicos. Seleccionó ese motivo en el desplegable que aparece al darte de baja — ese que en teoría existe para que el creador mejore — y lo explicó de buena fe.

El responsable lo usó para exponerla delante de toda su lista. Con soberbia, cuestionando sus motivos. Llegó a decir que si fueran económicos él mismo le regalaba seis meses. ¿Lo hizo? A la vista está que no. Entonces, ¿por qué ese discurso? ¿Por qué no aceptar los motivos? ¿Por qué no usar ese cuestionario de baja como lo que debería ser: información útil para crecer?

Su respuesta fue totalmente reactiva. En ningún momento se puso en su lugar, ni consideró que hay realidades distintas a la suya. No tuvo el mínimo gesto de comprensión hacia alguien que había sido honesta sobre su situación — y que lo había hecho en una privacidad que él decidió violar compartiendo todo con su lista.

Ese mismo día escuchaba a mis maestros de yoga hablar de ternura y sensibilidad. Y de lo revolucionarias que son ahora mismo.

No fue casualidad que las dos cosas llegaran juntas.

Lo que ese momento me mostró

Detrás de cada baja, de cada comentario, de cada decisión que no entiendes, hay una persona con su realidad, su contexto, sus motivos que igual no conoces y que no está obligada a contarte.

Eso debería hacernos más humildes. Más curiosos y cuidadosos con lo que hacemos con la vulnerabilidad ajena cuando alguien tiene la valentía de mostrárnosla.

Lamentablemente no siempre es así.

Vivimos en un contexto que premia la dureza, la productividad, la capacidad de aguantar y seguir. Donde mostrar lo que sientes se percibe como debilidad. Donde elegir ternura y sensibilidad se confunde con ser blando, con no tener criterio, con no ser profesional.

Y en ese contexto, elegir la ternura — en cómo tratas a los demás, en cómo te tratas a ti misma — es casi un acto de resistencia.

Qué entiendo yo por ternura y sensibilidad

Para mí la ternura es dejarse tocar por lo que le pasa al otro. La sensibilidad implica tener la capacidad de percibirlo. Y en ambos va implícita una respuesta abierta, entendedora, compasiva y amorosa.

No son lo mismo que la amabilidad, puedes ser amable desde la distancia. La ternura requiere que algo llegue. Que lo que trae la otra persona te importe de verdad.

Y eso, en el mundo en que vivimos, es más difícil de lo que parece. Porque requiere quitarse la armadura. Estar dispuesta a que algo te mueva. Permitir que la realidad del otro entre, aunque incomode. Eso te expone a su vulnerabilidad, a su dolor. Y eso puede dar miedo.

Para mí no es condescendencia, tampoco es infantilizar a nadie. No es evitar la conversación difícil ni decir siempre que sí.

Es partir de un lugar concreto: no conozco la realidad de esta persona. No sé qué carga lleva, no sé qué le costó tomar esa decisión, escribir ese mensaje, pedir ayuda.

Desde ahí, la respuesta cambia. No desde la ingenuidad sino desde la honestidad — consciente de lo poco que sabes de la vida de los demás.

Para mí cualquier trabajo con personas tiene que partir de ahí. De la mirada que no juzga. De saber que no conoces la realidad de nadie y que eso, si lo dejas, te hace más amable, más respetuosa, más equitativa.

Por qué el cuerpo importa aquí

Ternura y sensibilidad no son solo una actitud. Tienen una base en cómo funciona el sistema nervioso.

Cuando aprendemos a inhibir lo que sentimos — porque en determinados contextos no toca, porque duele, porque nos hace vulnerables — no inhibimos solo lo incómodo. El sistema nervioso no funciona por compartimentos. Lo que se cierra, se cierra en bloque.

El psiquiatra e investigador Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal, describe cómo la capacidad de conectar de verdad con otra persona — de leer sus señales, de estar presente — depende del mismo sistema nervioso que usamos para sentir lo nuestro. No puedes tapar una cosa y dejar la otra intacta.

La ternura hacia los demás y hacia ti misma no son dos cosas separadas. Son la misma.

Y hay algo más que Porges describe con precisión: la ternura y la sensibilidad no son solo difíciles cuando estás en supervivencia. Son imposibles.

Cuando el sistema nervioso opera desde el simpático — en alerta, en defensa, en modo aguantar y seguir — el cuerpo está literalmente en otro modo. No hay espacio para percibir al otro con ternura y sensibilidad, porque todos los recursos están puestos en sobrevivir al momento. Y cuando opera desde el vago dorsal — la desconexión, la disociación, el apagarse — tampoco. No llegas. Estás, pero no estás.

Tanto ternura como sensibilidad solo son posibles desde el ventral vagal. Ese estado en el que el sistema nervioso está lo suficientemente seguro como para abrirse, percibir, conectar. No es una actitud que puedas elegir con voluntad cuando el cuerpo está en otro sitio. Es una capacidad que aparece cuando el sistema nervioso tiene las condiciones para ello.

Por eso trabajar el sistema nervioso no es un lujo sino la base de todo lo demás.

Lo que pierdes cuando tapas

Pierdes la conexión real. La capacidad de ver a alguien más allá de lo que muestra. La de estar presente de verdad.

Cuando el sistema nervioso está en modo supervivencia — simpático o dorsal — el cuerpo literalmente no puede hacer lo que hace falta para conectar. Porges documentó algo que a mí me parece fascinante y devastador a la vez: en ese estado, una cara neutra se percibe como amenazante. El sistema nervioso siempre va a preferir ver peligro donde no lo hay antes que pasar por alto uno real. Es un mecanismo de supervivencia perfecto… y un desastre para el trabajo con personas.

Leer microexpresiones, regular el tono de voz, percibir el estado emocional del otro — esas funciones dependen del ventral vagal. Si no estás ahí, no están disponibles para ti.

Y eso, en el trabajo con personas, lo cambia todo.

John Norcross y Michael Lambert, tras revisar décadas de evidencia sobre lo que hace que las relaciones terapéuticas funcionen, señalan siempre la misma variable: la calidad de la alianza terapéutica. No la técnica, no el modelo teórico. La alianza. Y la alianza no se construye desde la distancia — se construye con la sensación de ser visto, de no ser juzgado, de que la persona que tienes enfrente está realmente ahí.

Eso requiere ventral. Requiere un sistema nervioso que pueda abrirse.

Por tanto ternura y sensibilidad no son el envoltorio del trabajo. Son la condición biológica para que algo real ocurra.

Yo misma lo he experimentado, siento más desde que dejé de tapar. Y a veces es incómodo. Hay cosas que duelen y antes simplemente no llegaban.

Pero prefiero eso.

Prefiero estar presente de verdad a estar a medias. Prefiero equivocarme desde la sensibilidad que acertar desde la distancia.

No concibo trabajar con personas que no lo vean igual. No porque sea la única manera de hacer las cosas bien. Sino porque para mí es la única manera de hacer este trabajo con integridad y coherencia.

Por eso yo también me di de baja de esa membresía. Le comuniqué mis motivos — este trato, entre otras cosas — y su respuesta fue igual de reactiva. Lo que me dice que no fue una reacción puntual. Intento no juzgarlo: no conozco su realidad. Pero no quiero estar cerca de alguien así. Elegir a quién apoyamos con nuestro tiempo y nuestro dinero también es una forma de coherencia.

Preguntas frecuentes sobre ternura y sensibilidad

¿La sensibilidad genera desgaste en el trabajo con personas?

Lo que genera desgaste no es sentir. Es no saber qué hacer con lo que sientes. Cuando tienes herramientas para estar presente sin absorber lo del otro, la sensibilidad se convierte en un recurso. El problema nunca es la sensibilidad en sí. Si quieres entender qué pasa cuando el sistema nervioso se desregula, puedes leer sobre los síntomas más comunes aquí.

¿Se puede ser sensible y tener límites claros?

Sí, y van juntos. Los límites sanos no vienen de la distancia emocional — vienen de saber quién eres y qué puedes dar. La ternura sin límites agota. Los límites sin ternura aíslan.

¿La ternura y la sensibilidad aplican solo al trabajo o también a la vida personal?

A todo. La forma en que te tratas a ti misma y la forma en que tratas a los demás vienen del mismo sitio. Si llevas tiempo con la armadura puesta, el coste se nota en los dos lados.

¿Se puede recuperar la sensibilidad si la has tapado durante años?

Sí. El sistema nervioso tiene una capacidad enorme de reorganizarse. Lo que se aprende a inhibir también se puede aprender a activar. No de golpe, pero sí.

Si quieres explorar cómo sería trabajar desde ahí — en ti, en tu cuerpo, en tu sistema nervioso — reserva una sesión de claridad de 30 minutos aquí.

Te abrazo,

María

P.D. Si mientras leías has pensado en alguien que necesita leer esto, compártelo. A veces lo que nos cuesta nombrar para nosotras mismas es más fácil mandárselo a otra.