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Vivimos en una sociedad en la que en toda celebración que se precie hay comida (y alcohol) de por medio. En que cuando éramos pequeños nos premiaban con golosinas y nos castigaban sin postre. Así empieza el vínculo entre imagen, autoestima y relación con la comida.

Hemos vinculado por lo tanto la comida con las emociones desde bien pequeños, siendo bebés ya nos calmábamos a través de la comida (lactancia) o al menos de la boca (chupete). Sin embargo también se nos exige cumplir unos cánones de «belleza», una imagen corporal que están reñidos con ese estilo de vida, no está bien visto comer mucho. Pero ojo , que tampoco está bien visto comer poco o de forma saludable, total «si te vas a morir igual» (entiéndase el sarcasmo).

Y parece que todo el mundo tiene derecho a opinar sobre la imagen de los demás y lo que debe o no debe hacer.

Hace poco comentaba en redes que estoy cansada de que incluso espacios que vinculamos con la salud y el autocuidado nos invitan a compensar excesos alimentarios, y que hay restaurantes saludables que te invitan a comer allí para poder hacerlo sin culpa.

No me gusta la imagen que me devuelve el espejo

La imagen que tenemos de nosotras mismas muchas veces se ve distorsionada por los cánones de belleza actuales y por creencias o preferencias personales. Si nuestras abuelas y madres debían estar entraditas en carnes como símbolo de buena salud y hasta de estatus, en los 90 queríamos ser como las supermodelos de las revistas y ahora las redes nos bombardean con imágenes ficticias que con la cantidad adecuada de filtros convierten hasta a la vecina del quinto en cualquiera de aquellas supermodelos de los 90.

El problema empieza cuando el no ajustarnos a ese estándar nos genera ansiedad y nos limita, cuando no somos capaces de salir a la calle con la cara lavada, ni de publicar una foto sin filtros.

Más allá de esa incomodidad mental por no sentirnos dentro de ese prototipo, la cosa se puede ir de madre cuando empieza a afectar a nuestra vida social, dejamos de hacer cosas por no exponernos, por no mostrarnos, por el qué dirán, y eso sin entrar puramente en trastornos alimentarios.

La relación con la comida

Si entramos en patología, podríamos hablar de  TCA, anorexia y bulimia nerviosa o de ortorexia, muy asociadas también a los problemas de imagen corporal y muestra de una relación poco sana con la comida. Aunque estos trastornos son mucho más complejos y no siempre derivan de un problema de imagen o autoestima, la relación con la comida es la punta del iceberg de algo mucho más profundo. Si este es tu caso, por favor, busca ayuda profesional.

Mucho más comunes son los atracones y la alimentación emocional en sí. Será de gran ayuda en ambos casos encontrar el origen, saber el qué me ha llevado a hacerlo, qué tipo de alimento estoy comiendo, encontrar patrones de qué cómo, cuándo y por qué es clave para llegar a la solución. Pero siempre desde la autocompasión y el amor, escuchando nuestro cuerpo, bien lejos de la culpa.

Reconciliarse con la comida

La comida por lo tanto puede acabar siendo una herramienta, una aliada para impulsarnos a una vida con más energía, más salud, que nos permita nutrir nuestro cuerpo, que es el vehículo con el que transitamos por la vida y al que debemos agradecer tanto.

La clave para reconciliarse con ella es verla como lo que es, el combustible y la materia prima de nuestros cuerpos, una herramienta de autocuidado, un regalo, me alimento bien porque me quiero, quiero cuidar a mi cuerpo y le doy lo que necesita. Para que me permita llevar el estilo de vida que quiero y hacerlo muchos años.

No lo hago desde la restricción ni la prohibición porque eso podría derivar en atracones, sentimientos de culpa, etc. No etiqueto alimentos como buenos y malos, cuando quiero a mi cuerpo los alimentos saludables van desplazando de forma natural a los que no lo son porque elijo desde el amor hacia mí y mi cuerpo.

Me quiero y me cuido

Es importante valorar a nuestro cuerpo como la máquina maravillosa que es, como un conjunto de piezas que funcionan de forma coordinada y a la perfección, capaz de sostenernos y que nos permite hacer todo tipo de actividades a cambio de bien poca cosa.

Acaso nuestras piernas más allá de ser gordas o flacas, largas o cortas, no nos llevan de un sitio a otro? ¿No es eso fantástico? ¿Quién ha decidido que mis piernas tienen que tener una forma o un tamaño determinados? ¿Hará eso que me lleven mejor? ¿Me dará más capacidad de pensar? ¿De amar? ¿Me hará más valiosa? ¿Depende mi valor de la forma de mi cuerpo?

Maria Lietor

Coach en Salud Integrativa y Nutrición especializada en mujeres e Instructora en Mindfulness para la Gestión del Estrés

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