“Me paso 100 horas a la semana en la oficina, qué menos que darme unos caprichos el fin de semana.”
Escuché esto hace unos días de una persona que salía de una tienda cargada de bolsas. Y como hoy es black Friday, quería compartir una reflexión sobre este vacío existencial, ese vacío emocional que experimentamos a menudo.
Porque es exactamente lo que muchas de nosotras hacemos: intentar llenar ese vacío con cosas físicas, con actividades, con excesos.
Exceso de trabajo.
De perfeccionismo.
De compras.
De exigencia.
Nos decimos que “nos lo merecemos” o que “no tenemos otra opción”, pero lo que en realidad buscamos es alivio. Y lo obtenemos inmediatamente con esa subida de dopamina, aunque amiga… tú y yo sabemos que eso dura poco.
Buscamos un respiro que no llega. Ese vacío emocional sigue ahí.
Y sin embargo, el problema no está en gastar o trabajar demasiado.
Está en por qué lo hacemos.
Cuando estás en paz con lo que haces, si compras algo está bien.
Y si no lo haces, también.
Porque no necesitas que algo externo justifique tu vida.
El propósito no solo te ahorra dinero.
Te ahorra vacío.
Te ahorra ansiedad.
Te ahorra ese cansancio de fondo de quien siente que “falta algo”,
aunque en teoría lo tenga todo.
Por eso, la próxima vez que te sientas saturada o vacía, no busques qué puedes añadir.
Pregúntate qué puedes soltar.
Porque cuando arreglas lo importante el resto empieza a ordenarse solo.